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Segundo Gutierrez

La pulpería cual síntesis de la vida en aquel tiempo, desde vestuario hasta los vicios; hoy parece haber olvidado aquella mañana de domingo que murió Segundo Gutiérrez. Sigue en pie y conserva esa magia pampeana que cada atardecer a descolorido sus paredes, a pesar que la han pintado varias veces. El antiguo mostrador de madera protegido por una alta reja reforzada, alguna vez fue testigo del meollo que acabaría con la vida de un hombre chapado a la antigua.

Era una mañana no muy fresca en la pulpería. El pulpero mira al horizonte mientras limpiaba un vaso, la melancolía antes de comer lo invade. Inmensa llanura pampeana de principios de siglo, que se interrumpe con unos cuentos árboles; un mástil; una bandera azul y blanca; y una casa. Edificación vieja pintada a la cal, que al parecer siempre estuvo allí para los “gauchos”. Los matreros, los valientes, los callaos, y los que se acerquen sin distinción, apuran la tertulia antes del asado. Todos hambrientos y cansados, al igual que los caballos. Es domingo de carne como el trapo rojo en el mástil lo indica. Es domingo de tradición.

Nada le falta a un gaucho cuando está en la pulpería, y más en esta pulpería hacia el hecho de llegar a ella un peregrinar que la virgencita sabia recompensar. Más en invierno con su copetín de ginebra La Llave.

  • Se lo ve muy solo doncito.
  • El hombre que sale solo, debe volver solo – dijo Segundo, pensó un rato en silencio, tomó un sorbo de Ginebra y agregó – ¿que estaré en la escuela pa que me estén dando lecciones?
  • ¿Será que esa perra anda suelta otra ve? – Grito borracho un gaucho en el fondo.
  • Se vé que a Usted tampoco lo han educao sus padres.

El buen paisano olvida flojeras y se cuida de andar peleando por mujeres. El destino no debiera estar preocupado por las habladurías de cada hombre. La memoria extraviada en un pozo de tristeza, que uno cava para enterrar esas cosas hombre de verdad jamás se confiesa.

  • Dicen por ahí que el catre le queda grande algunas noches – Dijo el primer gaucho

Con la fuerza de un remanso, Segundo se paró firme para encararlo. Los dos gauchos se pararon también, uno lo agarró los brazos y otro auque borracho, lo hirió de muerte, de una cuchillada certera. Con aquel mismo cuchillo que domingo a domingo se cortaba la carne, aquella mañana traspasaba las entrañas del aquel hombre. El gaucho soltó el cuchillo, salío tambaleándose a trancos largos como quien ha cometido algo de lo que se arrepentiría toda su vida. Se subió al caballo y rápidamente se fue para lo de don Gutiérrez.

Su figura se desvanecía en el horizonte como quien se desangra lentamente, una nueva vida lo esperaba, iba con el rosario en la mano esperando que la buena de Dios lo acompase. Siguió, hasta que perdió en esos campos que parecían como tirados al abandono, como esta pulpería de mala muerte.

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