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Sus ojos

Hace tiempo, la vida me había fallado con un amor de juventud y resolví hacer de este viaje una aventura en la que nada importara. Solitario en un mundo tan habitado, empecé a vivir el día a día, sin más. En mi papel de ermitaño auto convocado me encontré muchas mañanas con pereza, tardes de gula y noches insomnio. Fueron varios los intentos de cambio pero duraron menos que caramelo en la puerta de un colegio. Siempre de una forma u otra terminaba cerrando la puerta de mi casa, conmigo adentro. 

Un tiempo quise ser escritor pero a los pocos meses me di cuenta que tenía que leer bastante y eso no me gustaba. Años después me compre un taxi pero me cansaba el estar tanto tiempo en la calle. Por lo que últimamente, con actividades no del todo legales era como afrontaba el paso del tiempo.

Hace unos días, cerca del mediodía, parecía ser otro día como cualquier otro. Las ventanas se abrieron y mis ojos avistaron la llegada de unos pocos rayos de luz entrometidos. El yo dueño y esclavo a la vez, se puso en marcha para afrontar un día más. Me levanté de la cama para arrancar con mi rutina, tan poco rutinaria, pero algo sobresalía ese día. Una gran duda en mi cabeza: ¿Dios existe? Y si existe ¿Puede verme?

Para mi desgracia ni bien termine de pararme sentí como si mis ojos hubiesen sido embestidos por cientos de agujas.  Era un dolor tan fuerte que mis manos querían, pero no podían hacer algo. De rodillas en el piso de mi habitación, descubrí que la luz ya no era mía pero seguía estando allí. Quedé ciego y humillado.

Aunque tenía los ojos abiertos no podía ver nada y lo que ocurría alrededor ya no pasaba por mí. Como un niño que aprende a caminar fui a la cocina en busca de ayuda. Y en un relámpago de perspicacia, recordé mi celular sobre la mesa. Cuando logré llegar al aparato advertí que la batería hambrienta de energía, no me ayudaría. Me sentí solo en la oscuridad.

El miedo me invadió, y mi cuerpo lo manifestó como gotas de transpiración que recorrían la zona baja de mi espalda. Mientras mis pies, ya petrificados, no respondían. Ahí, fijo yo como un poste y sin poder ver nada, mis pensamientos se hicieron cada vez más pesimistas. Empecé a pensar que el no poder ver era el comienzo de algo peor, seguramente con un desenlace fatal. ¿Qué haría si la eternidad se apoderará de mí? En mi mente solo había ganas de decirle al mundo que aquí había estado yo, de haber sido querido y haber tenido por lo menos una familia y un amigo verdadero. Pensaba desesperadamente que alguna vez, alguien, se acordaría de mí y con eso burlaría muerte.

No sabía si había una escapatoria, o cual era la razón de mi ceguera. Sospeché del aire que respiraba. Quizás había algo en el aire que afectaba mis ojos por lo que decidí salir de mi casa lejos de ese éter de olvido. Ya en la calle y avanzando nuevamente con mis manos apoyadas en el suelo, percibía voces y ruidos, aunque en mi cabeza solo había silencio.

Pasaron los minutos hasta que alguien tomó mi brazo y apoderándose de mis inseguridades me ayudó a pararme. Probablemente era mi vecino, o por su servicio desinteresado, quizás era un policía o bombero. De cualquier manera, la majestad oculta en ese hombre brillaba hasta en sus ojos, invisibles para mí. Su soplo familiar era raramente inexplicable.

Aferrado a la vida, asegurado de su brazo, caminamos varios metros por las congestionadas calles. Y en medio de esa oscuridad, mis pasos eran firmes. Horriblemente me habitué a ese dudoso mundo oscuro. Y aunque él no pronunció una sola palabra, yo no sentía miedo. Al tiempo casi mágicamente más manos me sostenían, justo cuando él me soltó del brazo.

De pronto, unas conocidas paredes se aparecieron delante de mí. Y yo desde mi cama podía verlas. Al despertarme por fin de esa pesadilla, no pude volver a dormir: algo estaba combatiendo en mi corazón. Obnubilado por la cantidad de cosas que pasaban por mi cabeza, empecé a reflexionar.

Aterrado por aquel conmovedor sueño quería una oportunidad para ser otro hombre y me senté en la cama a rezar. Pero, ¿Qué podía ofrecer si nada en mi era bueno? Decidí ofrecer lo único que tenía, nada más y nada menos que a mí mismo, todo lo que soy,  mi pasado, presente y futuro. Confié que Dios no despreciaría mi vida y puse todo en sus manos.

Al tiempo entendí que ese dolor adverso que se siente al perder una batalla, no se puede cubrir solo con nuestras manos. Necesitamos de un abrazo gigantesco que solo se alimenta ofreciendo el corazón. Apretón que tiene brazos de Dios, las manos de la familia y muchos dedos, los amigos.

La ceguera en este sueño representó al carbón de leña, vestigios de un árbol ya no más fructífero, olvidado y sin luz. La oscuridad no es más que una forma de subsistencia, llena de inseguridades y desconcierto. Las sombras, encarnan un enemigo invisible y desarmado contra el que luchamos todos los días no con tecnología o cosas materiales, sino con la luz y el amor.  La ceguera no es la tiniebla; es una forma de la soledad.

Como en una cebolla, a veces, nos encontramos ocultos en un círculo aparentemente sin salida. Pero, es cuestión de resolver el problema capa por capa, de una cosa a la vez, sin perder la Fe. Vivir con Fe significa poner toda nuestra vida en manos de Dios, especialmente en los momentos más difíciles. Sentado en la puerta de tu casa, Dios te espera por siempre, como un buen amigo. Salí.

No sé quién era aquel Señor del sueño, pero lo que si se, es que ahora Lo veo. Y Él a mí.

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Las tetas caídas de María Ester

María Ester quien supo ser la más linda de la clase, hermosa mujer merecedora de los más obscenos lujos, de la cual los viejos verdes se enamoraban, María Ester la princesa del pueblo; hoy tiene las tetas caídas.

Preciosas y grandes tetas que soñaban con la paz mundial, parados pesones que apuntaban a bienaventurado destino, y un vaivén imnotizante; esas eran sus herramientas para la vida. Fiel reflejo de un mundo sexista, en el que una imagen vale más que mil palabras.

Los años han empañado el espejo en el que María Ester encontraba todas las respuestas. Cual manzana envenenada que se llame todos los días un poco,  el enano más repugnante de los siete, o la rueca de esa máquina que no es más que una vil trampa del destino.

Solo el tiempo acomoda en la vieja estantería de la justicia, los libros importantes, los con incunables, únicos e irrepetibles; y deja en el piso, como todo lo que se cae y nadie lo levanta, por qué ya no le importa, a los libros banales, a los lugares comunes y a la belleza efímera.

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Confianza

Todo nuestro sistema se basa en la confianza. Los bancos, el sistema representativo, los medios de comunicación, hasta el hecho de estar con alguien implica confianza.

No olvidar que hasta confiamos en Facebook en whatsapp cuando le damos toda la información que le damos, ni hablar de cuando ponemos todo nuestro dinero en el banco estando seguros que no lo van a devolver cuando queramos, los mismos «seguros», subirse a un colectivo, subirse a un avión, ir al colegio, e incluso hasta en el plano personal es necesaria la confianza.

Dudar genera desconfianza uno puede generar la confianza a partir de realizar los actos con seguridad. Por ejemplo entrar a un edificio sin dudar hace pensar a quién está saliendo o entrando que se trata de una confianza propia de un dueño y lo deja pasar.

Por otro lado he descubierto que hay una conexión entre dudar y la inteligencia del decisor. Por ejemplo si somos capaces de analizar muchos aspectos y cuantificarlos tanto a futuro como al presente tomar una decisión nos resultará bastante más complicado que hacerlo por impulso o por una simple corazonada.

Entonces, y acá viene el problema, yo desconfío de quien no duda siquiera por un segundo. Ya sea por humildad o no saberlo capaz de ver lo bueno en la otra posibilidad. Entonces como generar la confianza sin

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Cuento Cristiano dos

Era la navidad, y fuimos a misa como buena familia cristiana que sabe que si no es con Jesús; la navidad es una simple fiesta pagana.

Llegó la hora de arrodillarse y pensé en esos que se arrodillaron por primera vez ante la necesidad de ver al niño Dios en una cuna inevitablemente bajita.

 Miré al techo y pensé que lejos quedó la cuna de paja y el rancho de Belén de las iglesias magestuosas y las pinturas invaluables.. que lejos quedó la pobreza del niño que fué Dios y los relicarios de oro inca.. que lejos quedó la fé de una sociedad que fue salvada por la sangre de un hombre inocente.. y de esa sangre solo queda el vino que es un producto más del mercado.. que lejos quedaron los animalitos que miraban con asombro al niño Dios y hoy temen ser presa de los hijos de ese Dios.. que lejos quedaron las ofrendas de los reyes magos y los monarcas y dirigentes actuales..que lejos quedaron las túnicas de José del rojizo traje de papá Noel.. que lejos quedó la estrella de Belén y que cerca se ven las estrellas en la botella de gaseosa.. que rápido pasaron estos más de dos mil años y que lejos quedamos los unos de los Otros.

Pero después miré al frente y vi a una señora con el rosario en la mano yendo a comulgar, como un acto de salvación y con el orgullo que solo los locos y los niños pueden tener. Después pensé en la encíclica del Papa Francisco y por último me di cuenta que muchos de los problemas que nuestra sociedad tiene son por no ver que el hombre no puede tocar el corazón de otro hombre, solo Jesús puede.

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Segundo Gutierrez

La pulpería cual síntesis de la vida en aquel tiempo, desde vestuario hasta los vicios; hoy parece haber olvidado aquella mañana de domingo que murió Segundo Gutiérrez. Sigue en pie y conserva esa magia pampeana que cada atardecer a descolorido sus paredes, a pesar que la han pintado varias veces. El antiguo mostrador de madera protegido por una alta reja reforzada, alguna vez fue testigo del meollo que acabaría con la vida de un hombre chapado a la antigua.

Era una mañana no muy fresca en la pulpería. El pulpero mira al horizonte mientras limpiaba un vaso, la melancolía antes de comer lo invade. Inmensa llanura pampeana de principios de siglo, que se interrumpe con unos cuentos árboles; un mástil; una bandera azul y blanca; y una casa. Edificación vieja pintada a la cal, que al parecer siempre estuvo allí para los “gauchos”. Los matreros, los valientes, los callaos, y los que se acerquen sin distinción, apuran la tertulia antes del asado. Todos hambrientos y cansados, al igual que los caballos. Es domingo de carne como el trapo rojo en el mástil lo indica. Es domingo de tradición.

Nada le falta a un gaucho cuando está en la pulpería, y más en esta pulpería hacia el hecho de llegar a ella un peregrinar que la virgencita sabia recompensar. Más en invierno con su copetín de ginebra La Llave.

  • Se lo ve muy solo doncito.
  • El hombre que sale solo, debe volver solo – dijo Segundo, pensó un rato en silencio, tomó un sorbo de Ginebra y agregó – ¿que estaré en la escuela pa que me estén dando lecciones?
  • ¿Será que esa perra anda suelta otra ve? – Grito borracho un gaucho en el fondo.
  • Se vé que a Usted tampoco lo han educao sus padres.

El buen paisano olvida flojeras y se cuida de andar peleando por mujeres. El destino no debiera estar preocupado por las habladurías de cada hombre. La memoria extraviada en un pozo de tristeza, que uno cava para enterrar esas cosas hombre de verdad jamás se confiesa.

  • Dicen por ahí que el catre le queda grande algunas noches – Dijo el primer gaucho

Con la fuerza de un remanso, Segundo se paró firme para encararlo. Los dos gauchos se pararon también, uno lo agarró los brazos y otro auque borracho, lo hirió de muerte, de una cuchillada certera. Con aquel mismo cuchillo que domingo a domingo se cortaba la carne, aquella mañana traspasaba las entrañas del aquel hombre. El gaucho soltó el cuchillo, salío tambaleándose a trancos largos como quien ha cometido algo de lo que se arrepentiría toda su vida. Se subió al caballo y rápidamente se fue para lo de don Gutiérrez.

Su figura se desvanecía en el horizonte como quien se desangra lentamente, una nueva vida lo esperaba, iba con el rosario en la mano esperando que la buena de Dios lo acompase. Siguió, hasta que perdió en esos campos que parecían como tirados al abandono, como esta pulpería de mala muerte.