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Las tetas caídas de María Ester

María Ester quien supo ser la más linda de la clase, hermosa mujer merecedora de los más obscenos lujos, de la cual los viejos verdes se enamoraban, María Ester la princesa del pueblo; hoy tiene las tetas caídas.

Preciosas y grandes tetas que soñaban con la paz mundial, parados pesones que apuntaban a bienaventurado destino, y un vaivén imnotizante; esas eran sus herramientas para la vida. Fiel reflejo de un mundo sexista, en el que una imagen vale más que mil palabras.

Los años han empañado el espejo en el que María Ester encontraba todas las respuestas. Cual manzana envenenada que se llame todos los días un poco,  el enano más repugnante de los siete, o la rueca de esa máquina que no es más que una vil trampa del destino.

Solo el tiempo acomoda en la vieja estantería de la justicia, los libros importantes, los con incunables, únicos e irrepetibles; y deja en el piso, como todo lo que se cae y nadie lo levanta, por qué ya no le importa, a los libros banales, a los lugares comunes y a la belleza efímera.

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Confianza

Todo nuestro sistema se basa en la confianza. Los bancos, el sistema representativo, los medios de comunicación, hasta el hecho de estar con alguien implica confianza.

No olvidar que hasta confiamos en Facebook en whatsapp cuando le damos toda la información que le damos, ni hablar de cuando ponemos todo nuestro dinero en el banco estando seguros que no lo van a devolver cuando queramos, los mismos «seguros», subirse a un colectivo, subirse a un avión, ir al colegio, e incluso hasta en el plano personal es necesaria la confianza.

Dudar genera desconfianza uno puede generar la confianza a partir de realizar los actos con seguridad. Por ejemplo entrar a un edificio sin dudar hace pensar a quién está saliendo o entrando que se trata de una confianza propia de un dueño y lo deja pasar.

Por otro lado he descubierto que hay una conexión entre dudar y la inteligencia del decisor. Por ejemplo si somos capaces de analizar muchos aspectos y cuantificarlos tanto a futuro como al presente tomar una decisión nos resultará bastante más complicado que hacerlo por impulso o por una simple corazonada.

Entonces, y acá viene el problema, yo desconfío de quien no duda siquiera por un segundo. Ya sea por humildad o no saberlo capaz de ver lo bueno en la otra posibilidad. Entonces como generar la confianza sin

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Cuento Cristiano dos

Era la navidad, y fuimos a misa como buena familia cristiana que sabe que si no es con Jesús; la navidad es una simple fiesta pagana.

Llegó la hora de arrodillarse y pensé en esos que se arrodillaron por primera vez ante la necesidad de ver al niño Dios en una cuna inevitablemente bajita.

 Miré al techo y pensé que lejos quedó la cuna de paja y el rancho de Belén de las iglesias magestuosas y las pinturas invaluables.. que lejos quedó la pobreza del niño que fué Dios y los relicarios de oro inca.. que lejos quedó la fé de una sociedad que fue salvada por la sangre de un hombre inocente.. y de esa sangre solo queda el vino que es un producto más del mercado.. que lejos quedaron los animalitos que miraban con asombro al niño Dios y hoy temen ser presa de los hijos de ese Dios.. que lejos quedaron las ofrendas de los reyes magos y los monarcas y dirigentes actuales..que lejos quedaron las túnicas de José del rojizo traje de papá Noel.. que lejos quedó la estrella de Belén y que cerca se ven las estrellas en la botella de gaseosa.. que rápido pasaron estos más de dos mil años y que lejos quedamos los unos de los Otros.

Pero después miré al frente y vi a una señora con el rosario en la mano yendo a comulgar, como un acto de salvación y con el orgullo que solo los locos y los niños pueden tener. Después pensé en la encíclica del Papa Francisco y por último me di cuenta que muchos de los problemas que nuestra sociedad tiene son por no ver que el hombre no puede tocar el corazón de otro hombre, solo Jesús puede.

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Segundo Gutierrez

La pulpería cual síntesis de la vida en aquel tiempo, desde vestuario hasta los vicios; hoy parece haber olvidado aquella mañana de domingo que murió Segundo Gutiérrez. Sigue en pie y conserva esa magia pampeana que cada atardecer a descolorido sus paredes, a pesar que la han pintado varias veces. El antiguo mostrador de madera protegido por una alta reja reforzada, alguna vez fue testigo del meollo que acabaría con la vida de un hombre chapado a la antigua.

Era una mañana no muy fresca en la pulpería. El pulpero mira al horizonte mientras limpiaba un vaso, la melancolía antes de comer lo invade. Inmensa llanura pampeana de principios de siglo, que se interrumpe con unos cuentos árboles; un mástil; una bandera azul y blanca; y una casa. Edificación vieja pintada a la cal, que al parecer siempre estuvo allí para los “gauchos”. Los matreros, los valientes, los callaos, y los que se acerquen sin distinción, apuran la tertulia antes del asado. Todos hambrientos y cansados, al igual que los caballos. Es domingo de carne como el trapo rojo en el mástil lo indica. Es domingo de tradición.

Nada le falta a un gaucho cuando está en la pulpería, y más en esta pulpería hacia el hecho de llegar a ella un peregrinar que la virgencita sabia recompensar. Más en invierno con su copetín de ginebra La Llave.

  • Se lo ve muy solo doncito.
  • El hombre que sale solo, debe volver solo – dijo Segundo, pensó un rato en silencio, tomó un sorbo de Ginebra y agregó – ¿que estaré en la escuela pa que me estén dando lecciones?
  • ¿Será que esa perra anda suelta otra ve? – Grito borracho un gaucho en el fondo.
  • Se vé que a Usted tampoco lo han educao sus padres.

El buen paisano olvida flojeras y se cuida de andar peleando por mujeres. El destino no debiera estar preocupado por las habladurías de cada hombre. La memoria extraviada en un pozo de tristeza, que uno cava para enterrar esas cosas hombre de verdad jamás se confiesa.

  • Dicen por ahí que el catre le queda grande algunas noches – Dijo el primer gaucho

Con la fuerza de un remanso, Segundo se paró firme para encararlo. Los dos gauchos se pararon también, uno lo agarró los brazos y otro auque borracho, lo hirió de muerte, de una cuchillada certera. Con aquel mismo cuchillo que domingo a domingo se cortaba la carne, aquella mañana traspasaba las entrañas del aquel hombre. El gaucho soltó el cuchillo, salío tambaleándose a trancos largos como quien ha cometido algo de lo que se arrepentiría toda su vida. Se subió al caballo y rápidamente se fue para lo de don Gutiérrez.

Su figura se desvanecía en el horizonte como quien se desangra lentamente, una nueva vida lo esperaba, iba con el rosario en la mano esperando que la buena de Dios lo acompase. Siguió, hasta que perdió en esos campos que parecían como tirados al abandono, como esta pulpería de mala muerte.